lunes, 21 de mayo de 2007

Adolfo Calero Orozco (1889 - 1981)


Nació en el corazón del viejo Managua, en el barrio de San Antonio, el 19 de febrero de 1889. Allí vivió toda su vida. Es el mismo barrio que viera las andanzas bohemias de Rubén, característico de la ciudad antañona, limitada a un ámbito urbano de no muchas cuadras, con pretensiones y elegancias de capital distinguida y afrancesada. Las viejas casonas alternaban con las construcciones de arquitectura galicada, puesta de moda con las grandes reformas urbanísticas de Napoleón III.

Su familia, de condición económica acomodada, pertenecía a esa capa social que ocupa los niveles superiores de la clase media, muy reducida, inmediatamente después de una clase alta de la que casi no se distingue, si no porque en ésta se incluyen los que tienen el poder político y las grandes fortunas.

En ese mundo transcurrió la infancia de nuestro autor, círculo de familias democráticamente igualitarias, de costumbres sencillas y patriarcales. La mentalidad general es tranquila, de un peculiar espíritu conservador. La generación que gobierna el país con Zelaya (1893-1909) es la de Rubén Darío: liberal en política y positivista en filosofía.

Liberalismo y positivismo que se matizan con las tendencias culturales heredadas del período de los treinta años de gobiernos conservadores, penetrado del racionalismo dieciochesco. Libertad dentro del orden, religiosidad profunda, pero anticlericalismo, respeto y devoción por la ciencia y el arte, inclinación a cierto prosaísmo literario, cuya excepción es Rubén Darío, en esa generación, —que por lo demás no supo comprenderlo—, son algunos de los nódulos ideológicos vigentes durante la infancia de la generación de Calero, y sobre los cuales se va estructurando su espíritu. Mundo, sin embargo, que desapareció aventado por las revoluciones y por el terremoto que arrasó a Managua en 1931.

El padre de Calero Orozco, don Domingo Calero Blandino, originario de Masaya, era farmaceútico de profesión. Poseía una personalidad imaginativa y humorística. Aún se recuerdan las bromas que solía hacer a sus amigos. La madre, Doña Rosita Orozco, oriunda de San Jorge, Rivas, era maestra de escuela.

El ambiente del hogar, prudente y culto, estimulaba en el muchacho el gusto por el estudio. Fue obsesión de don Domingo la educación de su hijo, único varón de los seis que procreó el matrimonio, educación que varias veces debió interrumpirse por efecto de las revoluciones que a partir de 1909 comienzan a desquiciar los cimientos tradicionales del país.

Sus recuerdos infantiles más sobresalientes, como los de la mayor parte de su generación, se refieren a guerras y revoluciones. Así nos dice en unos apuntes autobiográficos: “Había en aquel tiempo frecuentes revoluciones; decires de muertes y torturas en las cárceles; consiguientemente, los muchachos jugábamos a la guerra (de piedras). Dos veces me “rajaron la cabeza”.

Las revoluciones interfirieron en sus estudios. Cursa primeros años de primaria en Managua; tercero, cuarto y quinto grado en el Seminario Menor de San Ramón, en León, “entonces lo mejor que había”. La guerra de 1912 le impide terminar su 6° grado en el Instituto Nacional de Oriente, en Granada.

Un hecho cultural de fuerte influencia en la formación de esta generación es la fundación del Instituto Pedagógico de Managua (1913), donde se realizan estudios de Bachillerato y Normal, bajo la regencia de los Hermanos de las Escuelas Cristianas.

Enorme influencia ejerció el primer contingente de maestros de este centro, la mayoría de los cuales eran especialistas franceses y algunos españoles. Pareja influencia tendrá en los grupos granadinos de esta generación la fundación del Colegio Centroamérica (1916), regentado por los jesuitas.

Calero ingresa al Instituto Pedagógico de Managua, donde se titula de Maestro Normalista en 1917. Posteriormente prosigue sus estudios de bachillerato, que termina en 1919.

Ya al ingresar había manifestado una precoz inclinación literaria (hacía “coplas”), la que se fortificó bajo la orientación de sus maestros, particularmente del Hermano Paulino, profesor de literatura, que “dejaba en libertad a los muchachos”.

Calero, Guillermo Rothschuh (1899-1948), Luis Alberto Cabrales (1902), Octavio García Valery, se destacaban en las actividades literarias del colegio. A esa época pertenecen, aunque algo posteriores, Diego Manuel Sequeira (1902), Alfonso Oviedo y Reyes (1901), Luis Felipe Hidalgo (1908), y otros que después abandonaron la literatura.

Existe un documento muy valioso, que nos sirve para determinar los gustos y tendencias literarias de este grupo: se trata de “Alba Literaria”, recopilación de trabajos de estos noveles escritores. Rubén Darío, y, sobre todo, Nervo, Grabriel Galán y Pereda, entre los españoles, se añaden a los influjos franceses: de Francis James, sobre todo en Cabrales, que escribe poemas en francés. Rothschuh explota una veta nativista, orientada hacia la interpretación de lo vernáculo. Calero aparece representado por cuentos y poemas. En estos últimos, predomina la buscada sencillez y el sentimentalismo impuesto por Amado Nervo.

Todavía es estudiante en el Pedagógico, cuando Hernán Robleto acoge en su periódico (El Imparcial) algunos de sus escritos y lo incita a continuar escribiendo. Calero menciona su nombre, así como los de Salvador Ruiz Morales (1893-1926), director de la revista literaria “Los Domingos”, y Ramón Sáenz Morales (1888-1928), entre los escritores que más influjo ejercieron en su formación.

Una vez terminados sus estudios, trabaja como maestro, un año en Managua, y otro como director de escuela en Masaya. Posteriormente, estuvo “un par de años como Inspector de Instrucción Pública”. Los sueldos escasos y “un poco de disipación y de bohemia”, lo alejaron definitivamente de la pedagogía.

Viaja a los Estados Unidos, donde permanece dos años. Estudia un año educación en Washington. Aprende inglés. No entra en contacto con la literatura norteamericana. Vuelve a Nicaragua en 1921.

De 1926 a 1930 trabaja como Oficial Mayor en el Ministerio de la Gobernación. Allí es donde conoce directamente el mundo sui generis de la pequeña burocracia. Gobiernan los conservadores. Emiliano Chamorro, caudillo conservador, sufre el asedio de los revolucionarios liberales, que atacan por varias zonas a la vez.

Calero Orozco participa en una expedición militar contra los alzados en Bluefields (1926). Alcanza el grado de capitán. Recorre las regiones de San Carlos y Río San Juan.

Nuevas obligaciones familiares (contrae matrimonio en 1928), lo separan de la literatura y lo orientan casi exclusivamente a actividades pragmáticas. La inquietud literaria permanece siempre latente, manifestándose en cuentos y poemas que aparecen publicados esporádicamente en periódicos y revistas. Entre 1938-1945 trabaja con la compañía hulera de Hetch, Levis & Kahn, lo que le permite conocer la Región del Río Coco, ambiente reflejado en algunos de sus cuentos.

Mientras tanto, con prolongados intervalos, va publicando sus obras. En 1922, “La falda-pantalón”, juguete cómico teatral, recibido con buen éxito de crítica. En 1926, recoge en “Recortes Varios” casi toda la producción de su primera época.

Pero son “Sangre Santa” (1940) y los “Cuentos Pinoleros” (1944) los que lo dan a conocer al gran público. Una reedición española de “Sangre Santa” (1956) y la de los “Cuentos” (1957), le hacen más ampliamente conocido en el país y en el extranjero.

Calero es el tipo del escritor de vocación, que no puede, como tantos otros miembros de su generación, ser un literato de “jornada completa” y dedica a sus inclinaciones creadoras sólo parte del tiempo productivo de que dispone. Perteneció a la Academia Nicaragüense de la Lengua, correspondiente de la Española, de la cual fue Tesorero. Viajó por Europa (España, Francia e Italia), y América (México, Cuba, Panamá, Ecuador, Colombia y Perú).

Calero Orozco fue un hombre ágil, de un dinamismo peculiar. Fue gran charlador, comentador fino de los sucesos cotidianos de la existencia, nunca perdió el sesgo humorístico en su visión del mundo.

Su conversación se nutre de numerosas historias que se van hilvanando una tras otra y que él cuenta con mucha gracia y regocijo. Le agrada contarlas. Su humor, que es también un defensa, no deja de orientar su mirada risueña y burlona hacia su propio Yo. (Autorretrato “Brocha gorda”).