martes, 20 de marzo de 2007

Ernesto Mejía Sánchez (1923 - 1985)

Nació en Masaya y vivió parte de su vida en México. Su primer obra fue Romances y corridos nicaragüenses, que se publicó en México.

Mejía Sánchez luego se trasladó a vivir a Europa y Estados Unidos. Fue un gran investigador de la obra de Rubén Darío, y adversario de la política de Somoza, razón por la cual escribió una antología de poesía política nicaragüense a finales de 1950.

Dejó obras como el libro Recolección al mediodía, publicado en Nicaragua en 1972, al cual le fue agregando nuevos poemas en 1980 y en 1985. Publica La carne contigua, que incluye Ensalmos y conjuros de 1947, El retorno en 1950, Vela de la espada de 1951 a 1960, Poemas familiares de 1955 a 1973, Disposición de viaje de 1956 a 1972, Poemas temporales de 1952 a 1973, Historia natural de 1968 a 1975, Estelas y homenajes de 1947 a 1979, y Poemas dialectales de 1977 a 1980.

Mejía Sánchez fue el creador de un nuevo género llamado Prosema, constituido por textos líricos breves, escritos en prosa pero con un toque narrativo.

En 1975 es admitido, como miembro correspondiente, a la Híspanic Society of América. En 1971 recibe el doctorado honoris causa en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua.

En 1980 es nombrado Embajador de Nicaragua en España y, posteriormente, en Argentina. Se le otorga el premio "Alfonso Reyes". Publicó una selección de su obra poética, Recolección a mediodía. Es autor también de estudios literarios y ediciones de Rubén Darío, Amado Nervo, Alfonso Reyes, etc.

Pertenece a la denominada "Generación del 40", junto con Carlos Martínez Rivas y Ernesto Cardenal .

En 1985 a la vida privada en México y fallece en Mérida, Yucatán, México, el 1ro. de noviembre de 1985.

LA SONRISA
Vale tan poco una sonrisa
que darla cuesta nada y sí
negarla, mucho. Una sonrisa,
una sonrisa inmerecida, no tiene
precio ni en el cielo ni en la tierra.
Una sonrisa gratuita, pura
como la luz sin la que no podría
vivir, sólo se paga con la muerte.

SOBREMESA
Una mancha de vino en el mantel me
recordó París, unas horas que nadie
me podrá disputar mientras viva.