lunes, 19 de marzo de 2007

Aarías H. Pallais (1885-1954)


El poeta Azarías H. Pallais nació en León, Nicaragua, en 1885. Fue sacerdote y realizó sus estudios en Bélgica e Italia. Se destacó por la ayuda incondicional que brindaba a los pobres, prostitutas y demás personas que la necesitaran sin importar quiénes eran. Era considerado un rebelde hacia las jerarquías y es de esta rebeldía que nace su poesía.

En 1954, la Iglesia católica celebra en Roma el centenario de la declaración dogmática de la Inmaculada Concepción de María. El Padre Pallais expresa a sus amistades el deseo de participar en dicha festividad mariana y su sobrina Salvadora DeBayle de Somoza le ofrece el pasaje. La expectativa de regresar a Europa después de tantos años despierta en él una gran alegría.

Comienza sus preparativos de viaje. Somoza García se burla de él, negándole a última hora el pasaje prometido. “Si así me critica en sus escritos dentro del país –razona el dictador- ¿qué no dirá en el extranjero?” La humillación recibida le afecta profundamente a Pallais y durante el viaje de regreso en tren hacia Corinto sufre un ataque de apendicitis. Muere en el Hospital San Vicente de León, el día 6 de septiembre a las 7 p.m. después de restablecerse de la operación de apendicitis, como consecuencia de un infarto agudo del miocardio. Fue enterrado en Corinto a solicitud de los pobladores


Algunos de sus libros de poesía fueron:
A la sombra del agua (1917),
Espumas y estrellas (1918),
Bello tono menor (1928),
Caminos (1931) y Piraterías (1951)

En prosa fue conocida su obra “El libro de las palabras evangelizadas”.

Los caminos después de las lluvias
Desde que era muy niño, saltaba de alegría
cuando la fresca lluvia de los cielos caía.

Chorros de los tejados, vuestro rumor tenía
el divino silencio de la melancolía.

Los niños con las manos tapaban sus oídos,
y oyendo con asombro los profundos sonidos

del corazón, que suena como si fuera el mar,
sentían un deseo supremo de llorar.

Y como por la lluvia, todo era interumpido,
se bañaban las cosas en un color de olvido.

Y vagaban las mentes en un ocio divino,
muy propicio a los cuentos de Simbad el Marino.

Las lluvias de mi tierra me enseñaron lecciones...
con Alí Babá, pasan los cuarenta ladrones.

Y cantaban mis sueños en la noche lluviosa:
Lámpara de Aladino, lámpara milagrosa!

Y al caer de la lluvia, la criada más antigua
desgranaba sus cuentos en una forma ambigua.

Otro de los milagros que en la lluvia yo canto
es que, al caer sus linfas, se pone un nuevo manto

mi ciudad, que al lavarse... yo pienso en una de esas
austeras e impecables ciudades holandesas:

una ciudad lavada, sin polvo, nuevecita,
donde reza el aseo de su plegaria bendita...

Son todos los caminos como flor de aventura
para el dulce Quijote de la Triste Figura.